Descargar PDF Retazos de caras perdidas

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En Lobuche, justo antes de subir al campo base, junto a los camastros y las estufas de los refugios al uso, se puede incluso pasar la noche por 80 dólares en un hotel con ducha, inodoro y teléfono vía satélite, algo impensable hace muy poco tiempo. Con 15 días se puede subir a Kala Patar y volver. Un camino de dos metros de anchura nos sube por un lado del tremendísimo barranco y otro nos baja por el de enfrente. Una vez pasado ese camino, llegar a Gokyo bordeando los tres lagos que lo preceden es un verdadero placer.

La visión desde lo alto del monte 5. La visita a la tierra del mítico Everest es tal vez la menos novedosa de todos los caminos que se pueden hacer en Nepal, pero no deja indiferente a nadie. Todo es de otra dimensión, desde las montañas hasta las gentes. Son objetos sin conexión con el presente. Pobres dosis de dicha que perviven, desordenadamente, en el recoveco de las quimeras insensatas.

Siluetas pardas cruzan por la ventana. Es arduo discriminar, blanquear mis trayectos errados o los atajos para conquistar posibilidades en la persecución de utopías. Todo hay que aprenderlo, copiarlo o improvisar sobre la marcha. Una de las que se ampara en las tinieblas es la ladrona especialista en robar sentimientos.

El dinero nunca fue la meta, sí el poder y, generalmente, vienen juntos. La peor es aquella que se engaña con un despliegue de carcajadas, camuflando el gesto acídulo. La lluvia aumenta, ha manchado los cristales. Me dejan sola y débil, en carne viva. Tendré que fabricar otras. Abril: es otoño. Eso solías decirme cuando tenías doce años.

Y también: El otoño deslumbra al extender sus tapices de hojarasca. Es un hombre maduro, vestido en gama de sepias que, perezosamente, se desnuda de sus ropas.

Tu mirada era de poeta, mientras que yo solo notaba veredas sucias que había que barrer para que no se taparan los desagües. Es la hora de los puntos suspensivos, de la quietud, como si algo se detuviera unos segundos. Hasta me creo capaz de encarcelar al tiempo en mi mente. Sé que no puedo pensar el tiempo, a medida que lo pienso, es pasado.

Quisiera que el viento me traiga algo tuyo, olvidado cerca de una ventana abierta.

Las palabras perdidas (), Jesús Díaz (La Habana, - Madrid, )

Desde la mía contemplo que unas golondrinas rezagadas quebraron los puntos suspensivos y se alejan en una amplia curva, de oeste a este. Escapan del cielo incendiado, hacia el refugio de la noche. La nada no se siente a sí misma, ni sabe que no es, o que es el agujero del vacío absoluto. En cambio, sos consciente de tu estado actual. Es cierto, te sentís sola y no por falta de personas. Desde tu nacimiento fue así. Quedaste olvidada en la frialdad de la balanza hasta que una enfermera te envolvió en una mantita y te llevó a neonatología.

Buscando a Isla de Pascua, la película perdida

Tal vez por eso hay períodos en que el invierno te alcanza y congela hasta el dolor. Varias veces traspasaste los campos de la muerte, comiste de sus frutos amargos y te pareció habitar una jaula vacía. Te aferrabas a los barrotes oxidados que eran el sostén de tu vida. Sabrías decirme.

La sociedad cerró 2011 con 691.000 euros de pérdidas y debe 95 millones

A mis espaldas la sombra me acompaña bajo un sol desaforado. Bailo con los pies descalzos que azotan el suelo y buscan el frescor de las baldosas. Ella se me arrima, copia la coreografía que improviso. Quiero que se vaya, pero medra con el sol que declina, se estira y me precede, en el deseo de liderar el baile.

Stanford Libraries

Levanto un pie y la aplasto con fuerza, aprovechando el tam-tam de un tamboril candombero. Cuando intento despegar el talón del piso, no puedo: dedos largos, penumbrosos, trepan por mi empeine. Con el pie libre procuro soltarme.


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Sin embargo, ella ha desarrollado rizomas que, como grilletes, me sujetan los tobillos. Pienso en el fuego, pienso en caballos y en mi cuerpo, aterido, débil. Permití que se apagara o fue tan intenso que arrebató mi carne y solo dejó un esqueleto combusto, cubierto por lonjas de piel, como desgarrones de un vestido viejo.

Aterrizar en Lukla

No saben de palabras, se expresan en los latidos irregulares, acelerados; en los espasmos; en las diminutas contracciones repentinas. Gritan en las punzadas que me hacen apretar los dientes o los puños para no mostrar cobardía. Pienso en el cuerpo y pienso en caballos salvajes que galopan en el ocaso. Las crines son cimitarras tajeando el carmín del aire. Me doy cuenta de que se ha callado, no duele, como si no existiera. El sueño llega. Lo veo como si lo mirara desde una cierta altura: algo negruzco, achatado contra el terreno blando. Es un nómade que invadió mis pensamientos.

El cuerpo flojo, como el de un invertebrado, se empeña en avanzar otro paso. Camina sin detenerse, encorvado e inseguro. Atraviesa la desolación de ciudades invernales, baja o sube cuestas de lana blanca. Sus pies se entierran, se levantan, dejan huellas que son violaciones a eso inmaculado y frío que lo cubre todo. Su andar se ha lentificado, temo que desfallezca. Es un episodio que se repite, que parece suceder en otra dimensión.

Él es un menhir eterno, clavado en el retiro de mi mente. Escribo para que siga en su peregrinaje, se mantenga vivo. Yo lo miro, no sé quién es, qué pretende de mí. Seguramente una niña que descubre estrellas en el fondo de la sopa o unicornios danzarines en los ojos de la gente. Una niña que se narra bajito cuentos de elfos y ogros, a los que bautiza con nombres que solo ella conoce. Les edifica castillos salinos: las olas los socavan en nuevas arquitecturas y el aire los congela con su aliento glacial. El héroe que la rescató del dragón quedó difuminado en la lejanía, porque la muchacha —que no es princesa— necesita un hombre que acepte y ame el caracoleo de sus reflexiones y su alma de maga.

El resultado de esta combinación es una mujer en busca de sí misma, deambulando por rutas que la enfrentan a bifurcaciones difíciles de conciliar. Las manos perfilan vuelos de gaviotas y en su mirada madura la llovizna del otoño. Una mujer en la que moran voces contradictorias que la distraen, acongojan. Ella se sumerge en su océano particular y desconecta el teléfono.