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Sospechaba que en el ejército a veces el color de su pelo había jugado un papel decisivo a su favor.

Safe Haven

Había estado en el C. Lo habían ido promocionando de forma regular, hasta que finalmente se retiró como comandante a los treinta y dos años. Después de licenciarse de su carrera militar, se marchó a vivir a Southport, el pueblo natal de su esposa. La vivienda se hallaba situada en la segunda planta. Un enorme magnolio confería una deliciosa sombra a uno de los flancos del edificio, y un roble se erigía justo delante de la fachada principal. Solo la mitad del aparcamiento estaba asfaltada —la otra mitad era de gravilla—, pero rara vez estaba vacío.

Pero su suegro se jactaba de ser un buen observador, y su intención era ofrecer todo lo que sus paisanos pudieran necesitar, por lo que la tienda, con tanto género, siempre ofrecía un aspecto abigarrado.

Alex era de la misma opinión, y había continuado con la misma organización del espacio. En cinco o seis pasillos se concentraban los artículos de droguería y perfumería y alimentación general; al fondo se podían ver Pero allí era donde se acababan las similitudes. Encima del mostrador había latas de conservas, cacahuetes hervidos y cestas de fruta y verdura fresca.

Sorprendentemente, a Alex no le costaba mucho llevar el control del inventario. Algunos artículos se vendían a diario, otros no. Al igual que su suegro, mostraba una gran facilidad para adivinar lo que la gente necesitaba tan pronto como alguien entraba por la puerta. Siempre se había fijado y recordaba detalles que a otras personas les pasaban desapercibidos, una habilidad que le había servido en sus años de trabajo en el C.

Un sucedáneo barato del amor

Ahora se pasaba los días gestionando el abastecimiento de productos en el colmado, procurando mantenerse al día en los cambios de gustos de la clientela. Josh ya iba a la escuela, pero Kristen no empezaría hasta otoño, y la pequeña pasaba los días con él en la tienda. Aunque solo tenía cinco años, sabía manejar la caja registradora y devolver el cambio; empleaba una banqueta para llegar a los botones. A Alex le encantaba ver la cara de sorpresa de los nuevos clientes cuando la pequeña empezaba a marcar las teclas.

Sin embargo, no era una infancia ideal para ella, aunque su hija no tuviera otra experiencia que le sirviera de punto de referencia.


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Cuando Alex era sincero consigo A veces se sentía como si no diera abasto: preparar el almuerzo de Josh y llevarlo al cole, realizar los pedidos para la tienda, reunirse con sus distribuidores, atender a los clientes, y todo mientras intentaba entretener a Kristen. Hacía lo que podía por compartir unas horas con sus hijos, realizando actividades propias de su edad: montar en bicicleta, hacer volar cometas y pescar con Josh, pero a Kristen le gustaban las manualidades y jugar con muñecas, y a él nunca se le habían dado bien esas cosas.

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Ya no estaba seguro de si sabía relajarse. Cuando sus hijos se acostaban, Alex pasaba el resto del día solo. A pesar de que conocía a casi todo el mundo en el pueblo, tenía muy pocos amigos de verdad. Las parejas con las que él y Carly solían salir a cenar o a disfrutar de una barbacoa se habían ido alejando de él de forma paulatina. Sabía que la culpa era en parte suya —trabajar en la tienda y ocuparse de los niños le robaba casi todo el tiempo—, pero a veces tenía la impresión de que se sentían incómodos con él, como si su presencia les recordara que la vida era impredecible y perniciosa, y que las cosas podían dar un inesperado giro negativo en tan solo un instante.

Llevaba un estilo de vida agotador y solitario, pero permanecía centrado en Josh y Kristen. A pesar de que ahora ya no sucedía con tanta frecuencia, los dos pequeños habían sido propensos a sufrir pesadillas desde que Carly los dejó. Cuando se despertaban a media noche, llorando desconsoladamente, él los estrechaba entre sus brazos y les susurraba que todo iba bien, hasta que volvían a quedarse dormidos. Al principio los tres habían asistido a unas sesiones con una terapeuta; los niños dibujaban y hablaban sobre sus sentimientos.

La terapia no había resultado tan productiva como él había esperado. De vez en cuando, cuando Alex se ponía a dibujar con Kristen o a pescar con Josh, se daba cuenta de que los pequeños se quedaban ensimismados pensando en su madre, a la que tanto echaban de menos.

Cuando eso sucedía, Alex tenía la certeza de que podía notar físicamente cómo se le partía el corazón, porque sabía que no podía hacer ni decir nada para remediarlo. El tiempo había dado la razón a la terapeuta, pero Los niños se estaban recuperando, lo sabía, porque los recuerdos que tenían de su madre empezaban a difuminarse poco a poco. Era inevitable, por supuesto, pero en cierta manera no le parecía justo que no fueran capaces de recordar el sonido de la risa de Carly, ni la ternura y el cariño con que los había acunado cuando eran bebés, ni el inmenso amor que les había profesado.

Sus recuerdas eran como castillos en la arena que la marea se encargaba de engullir y arrastrar hacia el mar. Lo mismo sucedía con el retrato de Carly que colgaba en su habitación.

Durante el primer año de matrimonio, Alex había contratado a un retratista para que inmortalizara a Carly, a pesar de las protestas de ella. Estaba contento de haberlo hecho. Pero Josh y Kristen apenas se fijaban en el cuadro. Pensaba en ella a menudo. Echaba de menos su compañía y la amistad que había constituido la piedra angular de su matrimonio. La añoraba muchísimo. Se sentía solo, aunque le costara admitirlo.

Durante los primeros meses después de perderla, Alex no había podido ni pensar en iniciar otra relación, ni mucho menos en la posibilidad de volverse a enamorar. Incluso después de un año, esa era la clase de pensamiento que intentaba apartar de su mente. Sin embargo, hacía unos meses había llevado a los niños al acuario, y mientras se hallaban de pie delante del tanque de los tiburones, Alex había iniciado una conversación con una mujer atractiva que estaba a su lado.

Ella también había ido con sus hijos, y al igual que él no llevaba anillo de casada. Sus hijos tenían la misma edad que Josh y Kristen, y mientras los cuatro se dedicaban a señalar los peces, ella se rio de alguna sugerencia que se le ocurrió a Alex, y entonces notó la chispa de la atracción: de nuevo ese sentimiento.

La conversación llegó a su final y continuaron por pasillos separados; no obstante, a la salida, Alex la volvió a ver. Pero no lo hizo, y, al No había vuelto a verla. Aquella noche, Alex esperó que lo abordara el alud de autorreproches y sentimientos de culpa, pero, extrañamente, nada de todo eso sucedió. Al contrario, le pareció… normal. No reafirmante, ni estimulante, sino normal, y de alguna manera se dio cuenta de que las heridas estaban por fin empezando a cicatrizar. Eso no significaba que estuviera listo para precipitarse en busca de pareja.


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Si sucedía, perfecto. Pensó que ya abordaría la cuestión cuando llegara el momento. Southport era un pueblo demasiado pequeño. Podía sentirse solo, ansiar compañía, pero no estaba dispuesto a sacrificar a sus hijos para conseguirlo. Los pequeños ya habían tenido que soportar suficientes penas, y por eso siempre serían su prioridad.


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Sin embargo…, suponía que existía alguna posibilidad. Se había fijado en una mujer, aunque apenas sabía nada de ella, aparte de que estaba soltera. Desde principios de marzo se dejaba caer una o dos veces por semana por la tienda. Normalmente no se habría fijado dos veces en ella. La gente que pasaba por el pueblo a menudo entraba en la tienda a comprar bebidas con gas o algo de comer, o para repostar gasolina; a menudo no volvía a ver a esas personas.

Pero ella no quería nada de eso. Había recorrido los pasillos de alimentación general cabizbaja, como si su intención fuera pasar desapercibida, como un espectro humano. Lamentablemente para ella, no lo conseguía.

Un lugar donde refugiarse

Era demasiado atractiva para pasar inadvertida. No llevaba maquillaje y tenía los pómulos elevados y redondeados; sus ojos grandes le conferían una apariencia elegante y un toque de fragilidad. Sus ojos eran de un color verde oscuro tirando a castaño, moteados con puntitos dorados, y su leve y distraída sonrisa se desvaneció tan pronto como se había formado. Mientras tanto, oyó su voz por primera vez. No suelo tener. No se venden mucho por aquí. Mientras Alex iba guardando los artículos en una bolsa de papel, vio que la desconocida miraba por la ventana, mordiéndose el labio inferior con porte ausente.

Nada se salva

Por alguna razón, tuvo la extraña impresión de que estaba a punto de romper a llorar. Alex carraspeó antes de volver a hablar: —Si es un producto que le interesa, no se preocupe, la próxima vez que venga lo tendré. Solo tiene que decirme qué clase quiere. La mujer pagó con billetes pequeños, y después asió la bolsa y abandonó la tienda.

Más series y películas

A la semana siguiente, había alubias en la tienda. Alex había adquirido tres variedades: pintas, blancas y rojas, si bien solo un saquito de cada tipo. Cuando ella volvió a la tienda, le indicó que las podía encontrar en el estante inferior situado en la esquina, cerca del arroz. Ella llevó los tres saquitos hasta el mostrador y le preguntó si tenía una cebolla.